Y sentí que la vida soltaba mi mano,
como un susurro roto, un eco lejano.
Las horas se enredaban en mi pecho,
y el aire pesaba más que el silencio.
La ansiedad, un latido desbocado,
un grito sin voz, un miedo enjaulado.
Abrazó mi mente como sombra fiel,
y me dejó danzando en un abismo cruel.
El cielo, antes azul, se tornó gris,
las estrellas, cenizas que caían sin raíz.
Y en el abrazo de la muerte hallé
un suspiro frío, un refugio que no busqué.
Pero entonces, en medio del vacío,
un destello, un leve rocío.
Era mi alma, cansada pero viva,
buscando la luz, aunque cautiva.
La vida no se fue, solo tembló,
y en mi pecho una chispa despertó.
Porque incluso en las noches más profundas,
el amanecer siempre llega, y la sombra se hunde.
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